Introducción
Este libro no debería existir.
Es quizá una forma extraña de comenzar a escribir un libro, pero es cierta: con la publicación de El anarquismo. Lo que critica y lo que propone, se dieron los planteamientos base del pensamiento anarquista de esta colección y la publicación de El anarquismo II. Destellos de historia, complementaba la colección, hablando someramente de los movimientos históricos del anarquismo en dos países: México y España. Así, hablando en la primera parte de la teoría y en la segunda de la práctica, ya no había necesidad de un tercer tomo; no porque con esos volúmenes se cumpliera el propósito de explicar detalladamente al anarquismo, cosa por otro lado imposible en un par de libros, pero sí se cumplía el propósito que como autor me hice de acercar el anarquismo a personas no anarquistas o no muy involucradas en el estudio del anarquismo, de manera simple y sencilla. Así que, publicados ambos volúmenes, un tercero ya no tenía sentido y me podía concentrar en escribir otras cosas.
Sin embargo, la primera parte de esta colección dio pie a muchas discusiones con quienes habían leído el libro, tanto en forma de felicitaciones por el trabajo realizado como también señalamientos de carencias (entendible dado el espacio del que disponía), sugerencias a tratar para un próximo libro y, también, muchísimas preguntas sobre esa sociedad anarquista en el presente, panorama que plasmé en mi primer volumen, lo que, sin duda, me pareció maravilloso porque demostraba que el anarquismo no es una idea caduca, sino que es posible pensarlo en la actualidad y, sobre todo, que la gente mostrara interés por actualizar nuestras ideas anarquistas a los tiempos actuales.
Esto es lo que me impulsa a escribir este tercer tomo. Si bien algunas cosas serán complementarias del primer volumen en su tercera parte (la sociedad anarquista en la actualidad), muchas están planteadas de manera que se pueda comprender con más precisión a donde queremos llegar cuando hablamos de una sociedad anarquista. Valga la pena también decir que, estando ya en un tercer volumen, debemos elevar un poco más la complejidad de la lectura, por lo que en el presente texto, si bien de manera corta y sencilla, sí se encontrarán referencias históricas, filosóficas y económicas, así como notas al pie de página de donde se han extraído los datos referenciados, intentando que sean las menos para conservar el sentido de esta colección, pero suficientes para ser debidamente explicados algunos conceptos.
Me parece que es un grave error apuntar todas las energías del anarquismo de forma única al estudio de la historia. Esta rama es muy importante de estudiar porque rescata la memoria del anarquismo olvidada, recupera datos (cuando no se hace más que reproducción de cosas ya escritas) importantes para añadir piezas al rompecabezas del anarquismo; es, pues, una labor muy loable. Sin embargo, considerar que solamente la historia es la temática que se debe trabajar me parece un error terrible, porque convertimos al anarquismo en una idea muerta a la que solo cabe analizar en su pasado, sin ninguna perspectiva para el ahora o hacia el mañana. El anarquismo debe mantener su memoria viva, pero, sobre todo, debe actualizar sus postulados ideológicos a los tiempos de hoy, de manera que no solamente sea un estudio, sino una aspiración actual, dotándole de los elementos necesarios para convertir la sociedad anarquista en una finalidad de la lucha actual, quizá con muchos fracasos iniciales, pero que marque el camino a seguir, haciendo del anarquismo un objetivo para ahora, para ya mismo, y no solamente un recuerdo de derrotas y victorias pasadas.
De manera personal considero que el anarquismo, contrario a lo dicho por algunos/as historiadores/as, no ha caducado ni mucho menos muerto. Los medios de producción existentes en la actualidad hacen que los planteamientos anarquistas del siglo XIX acerca de una sociedad donde se trabajara poco y se tuviera abundancia de productos, parecen ya confirmados: tenemos medios de producción avanzadísimos con los que se pueden cumplir sin mayores problemas las mejores expectativas del anarquismo de hace más de un siglo. Capaces de levantar cosechas en cuestión de minutos, manufacturar productos en cosa de segundos, comunicar a personas de continentes distintos y acelerar la estadística de lo producido, nuestros medios de comunicación y producción actuales serían apenas una utopía hace siglos: hoy pueden ser la herramienta de la emancipación humana con tan solo que se les expropie y ponga al servicio de los pueblos.
Tenemos todos esos medios de producción en abundancia, y donde no los hay, es posible crearla sin mayores problemas. ¿Por qué, pues, sigue habiendo gente en la miseria, viviendo debajo de los puentes, sin casa donde vivir, en fin, en condiciones que no reflejan para nada nuestras capacidades de producción? Es debido al capitalismo y sus desastrosas formas organizativas; es porque los medios indispensables y modernos para la producción están concentrados en pocas manos, despojando a la sociedad de su debido uso social y secuestrando con ello todas las aspiraciones populares de una vida mejor. Es porque el capitalismo les dice a los pueblos: “No tienes más derecho que a ser esclavo del salario, ni más comodidad que tu casita inhabitable, ni más alimento que el suficiente para tener fuerzas y seguir produciendo para mí. Toda otra comodidad no te pertenece, no debes aspirar nunca a ella bajo ningún sistema de gobierno ni tampoco bajo ninguna forma organizativa por muy revolucionaria que se diga”. Es, pues, ese centralismo el que se debe destruir, por el bien de la humanidad. Es esa mentalidad capitalista la que debe ser barrida de las mentes de los pueblos para que conquisten todo el bienestar posible con todas las herramientas a su alcance.
En un mundo donde el internet conecta a las personas, es imperdonable que haya quienes no tengan acceso a la información; en un mundo donde se produce de forma acelerada en minutos lo que antes costaba horas de trabajo, es imperdonable ver niños y niñas en las calles pidiendo limosna; en un mundo donde tenemos hogares inteligentes, es imperdonable que aún haya (me incluyo) personas sin acceso a un hogar propio. No hay justificación para que en medio de la abundancia exista la miseria.
Mientras estas condiciones penosas existan, habrá rebeldes en el mundo, y mientras la rebeldía se compre con gobiernillos populares y que algunos/as rebeldes se conformen con acceder a puestos públicos, habrá anarquismo revolucionario.
La existencia del poder político, tanto de izquierda como de derecha, que no combate nunca las desigualdades sociales, hace que haya siempre anarquismo revolucionario. Al no estar satisfechas las demandas de justicia social, al permanecer en activo un sistema de desigualdad e injusticia, la cuestión social no está resuelta. Y mientras no esté resuelta, el anarquismo permanecerá vigente.
Nunca dejará de haber anarquistas revolucionarios mientras siga habiendo injusticias. Pueden encarcelar, desaparecer, asesinar anarquistas en complicidad siempre con los gobiernos de todo color, pero el anarquismo revolucionario nunca dejará de existir porque no se ha satisfecho la equidad social que demanda la justicia humana.
Solamente cuando, destruidos el gobierno y el Estado, se proceda inmediatamente a la expropiación de los medios de producción, los y las anarquistas dejarán de ser revolucionarios. No habrá contra qué hacer una revolución, pero sí habrá necesidad de anarquistas para impedir, con el ejemplo, la palabra o el fusil en caso necesario, que se instaure nuevamente la desigualdad social y que unos cuantos manden sobre el pueblo.
Mientras esto no suceda, que ningún gobierno guarde esperanzas de haber destruido el anarquismo: nuestras ideas trascienden a los tiempos y las personas. Que nadie de ninguna academia dicte el acta de defunción del anarquismo: apareceremos siempre, generación tras otra, hasta que las demandas de justicia social sean satisfechas. La lucha no muere con las personas, es inmanente a la humanidad cuando no existe justicia social.