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2017-09-22 03:11

La sociedad moribunda y la anarquía

Evaluación:
La sociedad moribunda y la anarquía
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A modo de introducción:

 

Presentamos nuevamente otra obra que consideramos fundamental que sea conocida en la actualidad. Se trata de "La sociedad moribunda y la anarquía" de Jean Grave. Esta obra trajo casi inmediatamente después de su publicación en 1892 la represión hacia el autor por la forma contundente en que ataca principios fundamentales de la sociedad dominada por el Estado, como fue el caso del militarismo. Como consecuencia de esta obra que presentamos, Grave fue condenado a 2 años de presidio y una multa de 100.000 francos.

Grave es directo, contundente en sus críticas al Estado, el Capital, la Propiedad y otros sacros pilares del dominio de la burguesía. Sus críticas no solamente son duras, directas, sino también sumamente razonadas y certeras.

Es una obra que empuja en cada momento al lector/a no solamente a la profundización en los temas que toca, sino a la organización y compromiso con las ideas anarquistas para luchar contra el Estado. Es por esta cualidad también que nos hemos decidido a publicarla.

Rogamos al lector/a que a la hora de ir leyendo este libro tenga en cuenta la fecha en que se escribió, pues ello será importante a la hora de comprender el contexto en que desarrolla algunos de los temas.

Sentimos no poder profundizar más, en esta introducción, sobre la vida y obra de Jean Grave, pero el espacio de que disponemos es bastante corto.

Lanzamos emocionados esta nueva edición en la confianza de que las palabras de Grave sabrán hacernos continuar con la incesante discusión de la cuestión social, pues en los tiempos actuales, como siempre, es necesario y urgente que estas cosas se discutan para poder generar más militancia y generaciones anarquistas capacitadas para poder hacer frente a los enemigos mortales de la humanidad: Capital, Autoridad, Clero, Estado, Propiedad Privada...

 

 

El grupo editor

**********************

Prólogo

 

Octavio Mirbeau

 

Tengo un amigo que demuestra muy buena voluntad para entender las cosas. Aspira naturalmente a cuanto es sencillo, grande y hermoso. Pero su educación, entorpecida por las preocupaciones y mentiras inherentes a toda educación llamada superior, sujeta casi siempre sus arranques hacia la emancipación espiritual. Quisiera libertarse por completo de las ideas tradicionales, de las seculares rutinas que le enligan el espíritu, a pesar suyo, y no puede. Viene a verme a menudo y departimos extensamente las doctrinas anárquicas, calumniadas por algunos, mal entendidas por otros; le dan que pensar, y demuestra honradez grande, concibiéndolas, aunque no las acepte por completo. No cree, como muchos de los que viven en su ambiente, que sólo consistan en volar edificios. Entrevé en ellas, entre una niebla que tal vez se disipará, formas armoniosas y bellezas que le interesan como cosa querida, como cosa algo terrible que se teme porque no se la comprende bien.

Ha leído mi amigo los admirables libros de Kropotkin, las elocuentes, fervientes y sabias protestas de Elíseo Reclus contra la impiedad de los gobiernos y de las sociedades basadas en el crimen. Conoce, de Bakunin, los artículos que han publicado los periódicos. Ha estudiado a Proudhon el desigual y a Spencer el aristocrático. Hace poco que le han conmovido las declaraciones de Etierant. Todo eso lo eleva momentáneamente hacia las alturas en que se purifica la inteligencia, pero vuelve, más perturbado que antes, de dar breves excursiones a través de lo ideal. Detiénenle mil obstáculos, puramente subjetivos, piérdese en una infinidad de distingos y dudas, inextricable selva, de la cual me pide á veces que le saque.

Confiábame ayer de nuevo el tormento de su alma, y le dije:

- Grave (cuyo espíritu varonil y juicioso conoce usted) va a publicar un libro: La sociedad moribunda y la anarquía; ese libro es una obra maestra de lógica y está llena de luz. No es el grito de un sectario ciego y de pocos alcances, ni el resonar del bombo de un propagandista ambicioso; es la obra mesurada, pensada, razonada, de un apasionado, de un hombre de fe, pero que sabe, compara, discute, analiza, y con rara clarividencia de crítico, evoluciona por entre los hechos de la historia social, las lecciones de la ciencia y los problemas de la filosofía, para deducir las conclusiones irrefragables que usted sabe, y cuya grandeza y justicia no puede negar.

 Mi amigo me interrumpió con viveza:

- Nada niego; comprendo efectivamente que Grave, cuyas ardientes campañas en La Révolte he visto, sueñe con la supresión del Estado, por ejemplo. Yo, que no tengo los atrevimientos de Grave, sueño también con ella. El Estado gravita sobre el individuo con peso más abrumador e intolerable cada día. Al hombre que enerva y embrutece lo convierte en carne de impuestos. Su única misión es vivir a su costa, como el parásito a costa del animal cuya sangre chupa. El Estado le quita al hombre el dinero, miserablemente ganado en la galera del trabajo; le roba la libertad, mermada a cada paso por la ley; en cuanto nace, mata sus facultades individuales, administrativamente, o las falsea, que viene a ser lo mismo. Tengo la convicción de que el Estado es verdaderamente doble criminal, ladrón y asesino. En cuanto anda el hombre, le quiebra las piernas; en cuanto tiende los brazos, el Estado se los rompe; en cuanto se atreve a pensar, el Estado le coge el cráneo, y le dice: Anda, toma y piensa.

- ¿Y qué? dije.

Mi amigo prosiguió:

- En cambio, la Anarquía es la reconquista del individuo, la libertad de su desarrollo individual en un sentido normal y armónico. Puede ser definida con la frase siguiente: la utilización espontánea de todas las energías humanas, criminalmente derrochadas por el Estado. Ya lo sé... comprendo la causa de que toda una juventud artista y pensadora, la más selecta de nuestro tiempo, contemple impaciente ese amanecer esperado, en el cual se entrevé, no sólo un ideal de justicia, sino también un ideal de belleza.

- ¿Y qué? -interrogué de nuevo.

- Que hay una cosa que me inquieta y me turba; el aspecto terrorista de la anarquía. Me repugnan los medios violentos, me horrorizan la sangre y la muerte, y quisiera que la anarquía aguardara su triunfo de la justicia del porvenir únicamente.

- ¿Pero cree usted -repliqué- que los anarquistas son bebedores de sangre? ¿No comprende usted toda la inmensa ternura, todo el inmenso amor a la vida que llena el corazón de Kropotkin? Esas son tristezas inseparables de todas las luchas humanas  y  de las cuales es imposible prescindir. ¿Quiere usted oír una comparación clásica? La tierra está seca; todas las plantas, todas las florecillas están abrasadas por sol ardoroso, persistente, mortal... se marchitan, se inclinan, se mueren... pero ennegrece el horizonte un nubarrón que adelanta y cubre el cielo. Estalla el rayo y corre el agua por la tierra. ¿Qué importa que las centellas hayan roto algunas encinas harto grandes, si las plantitas que se morían están ahora mojadas y frescas, yerguen sus tallos, mientras reviven las florecillas al recobrar el aire su tranquilidad? No hay que lamentar excesivamente la muerte de las encinas voraces. Lea usted el libro de Grave, que dice a este propósito cosas excelentes. Y si después de haber leído eso libro, en el cual se remueven y aclaran tantas ideas, si, después de haber meditado como merece obra de tanto alcance intelectual, no consigue usted adquirir una opinión estable y tranquila más le valdrá renunciar a ser el anarquista que puede usted ser, y seguir siendo el burgués, el impenitente burgués, el burgués a la fuerza que acaso es usted.

 

 

 Octavio Mirbeau

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