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2017-08-19 04:21

Cartas a una mujer sobre la anarquía -Luigi Fabbri-

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Cartas a una mujer sobre la anarquía -Luigi Fabbri-
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Prefacio a la edición en español

 

Bolonia, 8 de noviembre de 1922.

 

Queridos compañeros de “La Protesta”:

Ustedes me piden consentimiento para traducir y publicar en español, en esa capital argentina donde nuestra idea tiene militantes numerosos y valerosos, uno de mis primeros trabajitos: aquellas Cartas a una mujer que nuestro óptimo y viejo compañero Camilo Di Sciullo quiso reunir e imprimir en Chieti hace más quince años.

Ustedes son demasiado buenos, amigos queridísimos, sea porque quizá dan más valor del que merece a este trabajo de mi juventud, sea por pedirme un consentimiento del que entre nosotros no hay necesidad, puesto que las cosas de la propaganda una vez publicadas pertenecen a todos, y quien las quiere reimprimir las reimprime. Y cuantas más cosas nuestras se publican mejor es -siempre, se entiende, que se trate de cosas no nocivas o no del todo inútiles-. Ustedes han juzgado que tales son mis “Cartas”; y a mí no me queda más que agradecerles el juicio lisonjero. Hagan, pues…

Y hasta debo excusarme con ustedes si, sabido su deseo, les dejo publicar el libro así como está, sin aportarle las modificaciones y correcciones, sin hacerle los cortes y los agregados que ciertamente serían necesarios. Releyendo el librito, ahora, lo encuentro literariamente demasiado humilde y defectuoso. Acá y acullá hay afirmaciones demasiado axiomáticas, que sería necesario hacer seguir de demostraciones; algunas otras afirmaciones, o por lo menos ciertas expresiones, las quitaría completamente, etc.

Y luego, en estos últimos veinte años otros problemas se han presentado en el terreno de la discusión, y que hoy sería necesario discutirlos. Esto constituye una laguna en mis “Cartas”… Pero si debiera quitar al librito los defectos que ahora le veo, hacerle las correcciones necesarias, agregarle lo que le falta, tendría que rehacerlo desde el comienzo al fin. Más bien debería hacer un trabajo nuevo. Por lo demás creo que esto sucede con cualquier trabajo intelectual que su autor revive después de un largo período de tiempo. Dejen, pues, estas modestas, “Cartas” tal como están y tómenlas por lo poco que valen.

Pueden quedar cual son, como trabajo de propaganda, por una razón muy simple: porque las ideas expresadas no han dejado de ser ideas verdaderas y justas; porque por lo menos aquellas ideas son siempre las mías, de ellas estoy cada vez más convencido, a ellas soy más que nunca afecto y devoto, porque estoy firmemente persuadido de que corresponden más a ese ideal de verdad y de justicia que es el resorte principal del progreso humano. Y es grato también a mi corazón que estas cartas queden como me han salido la primera vez de la pluma modesta pero entusiasta, porque fueron escritas en un período simpático de nuestro movimiento y están ligadas a los mejores recuerdos, íntimos y políticos a la vez, de mi juventud.

Estas cartas fueron comenzadas a escribir a principios de 1902; y eran en su origen, realmente, cartas privadas escritas a una muchacha que más tarde fue y es todavía la compañera fiel de  mi vida. Con estas cartas yo quería que ella aprendiera a amar conmigo, en mi persona, lo que para mí constituía entonces y constituirá hasta la muerte la parte mejor de mi alma: este ideal de la anarquía, razón y sentimiento al mismo tiempo, en que se armoniza todo lo mejor que el pensamiento humano ha sabido concebir como aspiración de porvenir.

Era aquel un período floreciente de nuestro movimiento y de nuestra propaganda en Italia. El inolvidable Pietro Gori acababa de volver de la República Argentina y con su cálida palabra despertaba en el proletariado italiano las más radiosas esperanzas, encendía en nosotros, sus compañeros de fe, los mejores oradores del apostolado y de la lucha. Y esto mientras aún duraba y se continuaba en nosotros la influencia de otro apostolado, interrumpido por las persecuciones de 1898: el poderoso, tan denso de buen sentido, de razón y de pensamiento, de Errico Malatesta, que tanto había contribuido a volver el movimiento anárquico al sólido terreno, por breve período internacional, de los principios y de la táctica de la primera Internacional federalista y revolucionaria que fue llamada, más o menos impropiamente, bakuninista.

Aquellas “Cartas” a la mujer amada, al principio personalísimas, fueron publicadas en L’Agitazione de Roma por consejo justamente de Pietro Gori, a quien mi novia le había mostrado algunas. Solo que, por un sentimiento natural de reserva, en el periódico aparecieron ligeramente modificadas como cartas de una mujer a otra mujer. En esa ocasión se les suprimió todo lo que tenían de personal y, se comprende, fueron algo completadas para las necesidades de la propaganda.

Fue en aquel período de tiempo, en las frecuentes visitas que Gori nos hacía en Roma, cuando nuestro amigo escribió en un álbum de la mujer a la que estaban dirigidas mis “Cartas sobre la anarquía”, dos estrofas dulcísimas que no puedo menos de reproducir aquí:

 

Buona fanciulla que mi domandate un ricordo per l’albo, il quale acoglie per vostra giovinezza strofe alate, fiori augurali e verdeggianti foglie, vo’dirvi dun rispetto a la cadenza la vera de la vita sapienza.

Allacciatevi a lui, che amate. Avvinti anime e bracia, passerete quali iridi serenanti in mezzo ai vinti de la tempesta, e verso gl’ideali ascenderete, ei baldo e voi felice, ei combatente e voi consolatrice.

 

Las “Cartas a una mujer” fueron continuadas en L’Agitazione por un año o dos -no recuerdo bien- y yo las había olvidado ya cuando a Di Sciullo se le metió en la cabeza publicarlas en volumen, en 1905. Entonces volvieron a ser, como en su origen, las cartas de un hombre a una mujer, y así quedaron y como tales han tenido en Italia, especialmente entre los compañeros, cierto éxito. ¡Pero ha pasado tanto tiempo desde entonces!... Y yo pienso en aquel tiempo lejano con un sentimiento de infinita nostalgia, ya que la guerra, con todas sus consecuencias, nos separa de él como si hubieran pasado siglos. ¡Y qué contraste entre la benignidad, aunque anhelante de pugnas más enérgicas, de aquellos tiempos de calmo apostolado, y la tempestad que ruge hoy sobre nuestras cabezas en el fragor de cien amenazas!

Quizá es por este contraste entre los recuerdos de entonces y la realidad actual, que yo miro hoy estas pobres “Cartas sobre la anarquía” tal vez con mayor indulgencia y complacencia de la que merecerían y no me desagrada que retornen a la luz más allá del océano -a distancia en el tiempo y en el espacio- en el armonioso idioma del antiguo hidalgo errante y del moderno gaucho rebelde.

Suyo siempre y por la causa de la libertad humana.

 

Luigi Fabbri.

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